The Florida Project, Sean Baker, 2017

Voy a tomar Rhoypnol y otro porro para festejar, porque el Porve se va de la C, porque no volvemos nunca más, y también por este sarpado peliculón que dirigió, escribió, editó y produjo Sean Baker.

Se trata de un film que funciona en varios niveles. Por empezar, es una película entretenida. Ese es un valor enorme al que no se le suele dar la importancia que merece. Ver cine debe ser un derecho humano al que todxs tendríamos que acceder, pero también es una gimnasia que requiere a veces darse de cara con altas bazofias. Para reconocer el buen cine, hay que saber lo que es el mal cine. Y el cine es el cine y su coyuntura. Quiero decir que hay que estar dos horas sin sacar el celular, eh. Hay que estar dos horas frente a una pantalla sin mirar otra pantalla… ah re… equis de. Y este caso logra que uno verdaderamente se olvide del mundo exterior para concentrarse en lo que está pasando en el celuloide. No es poco.

Bajo una estética preciosa de colores pastel, están retratadas un par de infancias de norteamericanitxs pobres. Siendo inocentes pero no inconscientes, lxs niñxs protagonistas tienen incorporado que la vida de sus padres no es ningún lecho de rosas y a menudo están en aprietos jodidos. Entonces es verano en el motel en el que viven y van como vagos y malentretenidos haciendo quilombos enternecedores por ahí: interrumpir el suministro de luz del complejo, garronear monedas para compartir un cono combinado entre tres, garcearle el auto a una vecina, o incendiar un complejo habitacional abandonado. Así pasan sus horas hasta que vuelven a sus pobres piezas de pensión a, en el mejor de los casos, bañarse y comer.

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Extasis de azúcar. 

Es la infancia de clases bajas yanquees retratada sin dramatismos, sin subestimaciones y con unas actuaciones formidables: primero la nena (Brooklyn Prince), merece parrafazo aparte. Pura desfachatez, encarnó al mejor personaje punk infantil de la historia del cine (!). Porque esta encima es pobre… ¡En tu cara, Kevin McCallister!

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La ternura.

Pero también es excelente lo de los adultos, la lituana Bria Vinaite y la megaestrella Willem Dafoe están correctísimos en sus papeles de madre bardera y administrador comprensivo.

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Willem Dafoe se tiene que poner la gorra varias veces.

Otra cuestión: cuando te la cruces en el cablees una película que te va a enganchar la agarres en donde la agarres. Porque además es llamativa, y reitero, con una estética muy agradable que matiza la densidad de unas vidas siempre al borde.

Y por último, el testimonio sociológico. El motel donde transcurren los hechos está ubicado en las afueras de DisneyWorld, ese mundo de fantasías animadas, montañas rusas y aire reciclado que una de las principales industrias del entretenimiento del mundo ofrece como panacea de la diversión. Esa realidad, la de las afueras del parque, la conocemos poco y nada. Y este film también refleja eso.

Dos horas de diversión, emcoción, reflexión, entretenimiento y admiración de una obra ultra bien llevada. Eso es Florida Project.

Postdata. La escena del pedófilo es un ejémplo de lo que es “sugerir” en el cine. 

 

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