Un tal Lucas, Julio Cortázar, 1979

Hace un tiempo tuve un programa en la radio de la UNDAV que se llamó Desde la alcantarilla. Allí hacíamos una columna llamada Literatura en caliente, en la que basicamente contábamos los últimos libros que leímos. Lo mismo que acá, pero con libros. En ese espacio me gustaba comenzar contando qué edición es la que leí y cómo llegó a mis manos.

En este caso tengo la suerte de que la imagen destacada corresponda a la tapa exacta de la edición que yo tengo, cosa que dudo que ocurra con el correr de las reseñas (odio la palabra reseña). Se trata de una edición popular de Alfaguara y Revista Ñ que además de Un tal Lucas, la obra que nos compete, inicia con el clásico delirante Historias de cronopios y de famas (1962), que leí en una internación domiciliaria en 2007.

Como muchxs de nosotrxs, Cortázar fue prácticamente el primer autor que leí por cuenta propia. Y si nos ponemos rigurosos y decimos que el primer autor que leí fue Poe con su Gato negro, bueno, de alguna manera también leí a Cortázar, porque justo la traducción que leí a los 9 o 10 años fue la que hizo Julio.

También como muchxs de nosotrxs en algún momento dejé abruptamente de leerlo e incluso me enojé con el. Resulta que además de ser un icono de las letras argentinas/latinoamericanas (y con justicia), Cortázar también es un icono de la pelotudez. No por él, pobre, sino por tantos imbéciles que le dan un uso tan vacío y lavado a sus obras y, principalmente, a su imagen, llegando al hastío y el aburrimiento. Uno se quiere despegar de tales sujetos inmediatamente.

En fin, me parece coherente que esta edición sea compartida por esas dos obras. En ambas tiene lugar esa Bestia Mansa e Inabarcable de la Palabra que es el autor nacido en Bruselas pero criado en Banfield. Un tal Lucas tiene maravillas difíciles de atrapar, que se terminan perdiendo en el papel y dormirán el sueño de los justos en la biblioteca. Es que es tanto lo que dice, palabra a palabra, pagina a pagina, que aquí también, como en casi todas sus obras, llega un punto en que aturde y parece que uno lector perdió la batalla de comprender todo lo que pasa. Siento que leer verdaderamente la obra de Julio Cortázar nos puede llevar toda una vida. Este libro en particular merecería un año entero de paciente observación.

No hay una historia, no hay un hilo conductor. Uno abandona esa esperanza al tercer o cuarto relato. Y allí aparecen las clásicas obsesiones de Julio: el jazz, Francia, el exilio, los hospitales y las enfermerdades, los juegos de palabras, todo trabajado con gran precisión.

Hay altos, altísimos momentos de delirio. Cortázar estaba chiflado, pocas veces lo tenemos en cuenta a la hora de abordarlo.

El relato, o como sea que haya que llamarlo, que más me gustó fue “Lucas, sus amigos” en el que narra una visita a la familia Cedrón, en pleno exilio. Dejo el link de un blog en el que está transcripto:

http://cronopoemas.blogspot.com.ar/2013/06/lucas-sus-amigos-julio-cortazar.html

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