SW E. VIII “The last Jedi”, Rian Johnson, 2017

SPOILERS

Acudo en un principio a la vieja excusa liberal de “no me gustan los fundamentalismos” o para citar a Evita por la negativa “no me gusta arder en el fuego de los fanatismos”, pero simplemente para usarlo de pretexto ante la jura ante los santos libros jedi que el Maestro Yoda sabiamente quemó (¡sabiamente, esa escena funciona a varios niveles en tiempos del bitcoin!), que no es por fanatismo que estoy 100% de acuerdo en todo -en todo– lo que ocurre en Episodio VIII. Película que me parece un 10 sobre 10 y por la que estoy dispuesto a emprender una verdadera guerra de cruzada contra todo aquél que la desacredite.

Llegué a la sala del Boulevard de Adrogué virgen de spoilers: vi El despertar de la Fuerza sabiendo que mataban a Han Solo y aun así esa película fue el mejor momento que viví en una sala de cine en toda mi vida, enterrando para siempre la idea de que los spoilers son el peor de los males habidos y por haber sobre la faz del celuloide.

Aún así, decidí no saber nada aunque intuyendo que es lo que no gusta a algunxs. Resulta que Luke Skywalker lo único que tiene de Zarathustra es el vivir en la montaña. Más que el Jedi implacable que nuestra imagen mental creó tras derrumbar el Imperio en la primera (aunque segunda) trilogía, es un ex-bielsista arrepentido y gruñón, que no le cabe una y solo quiere ver tele. Y aún así amigxs míos, vuelve a salvar la galaxia. Y aquí vamos de nuevo.

Lo que pasa acá es que en Episodio VII asistimos verdaderamente a una refundación de la saga, con personajes nuevos que crecen y crecen ante nuestras miradas, pero también efectuada bajo un profundo respeto a los monstruos sagrados. A los tótems. Y el tratamiento que recibe este Luke que peina canas no escapa a esa realidad ¿Gracias a quién sino estamos como estamos, aún pudiendo sacar la cabeza a la superficie de las aguas para boquear? La pregunta central sobre esta cuestión -que no es la cuestión central de Los últimos Jedi– es ¿Por qué, acaso, sería de otra manera? El por siempre Jóven Skywalker es una antena del destino, una especie de ariete de lo que tiene que pasar.

Bajo esa premisa de profundo respeto al valor de la saga, a rajatabla se cumple aquello que Luke siempre fue: un personaje que para lograr los objetivos, tiene que superar previamente retos de aprendizaje ¡Y nuevamente es Yoda el que lo coloca de cara a ellos!

Los nuevos personajes crecen a pasos agigantados: soy un enamorado del personaje de Kylo-Ren y un gran simpatizante de Finn. La factoría Disney, JJ Abrams o quien carajos sea que toma las decisiones acá, permiten que sus personajes transiten sus propios caminos, deja que sus personajes la choquen toda: Kylo Ren, el más malo de todos, se muestra falible, otra vez -aunque menos- rompiendo cosas y -aunque más- sin máscara; el líder supremo Snoke, que en términos ficcionales comete la paradoja de morir (aunque eso sea totalmente congruente con el revisionismo que la saga aplica sobre si misma), reprende a su protegido de las formas más humillantes (aunque ojo porque Adam Driver, amparado en sus intenciones nihilistas, escuchó cuando Dani Umpi dijo “tampoco seré un ninja esperando de rodillas volverme un samurai”). Poe Dameron, por su parte, es el rebelde de rebeldes pero aún se parece a Chayanne: la saga permite que se coma la curva, cuando cree que el muy muy buen personaje de Laura Dern es una especie de Lenin Moreno de la Alianza Rebelde (no País): tu golpe palaciego falló, Dameron, vos también tenés que aprender.

Finn también puede fallar, pero es el que la sabe lunga, es un nieto recuperado al que ahora le enseña amar una nipona que le canta la justa cuando le salva la vida. Esta nueva dupla merece más millaje aún en la próxima película: junto a ellxs aprendemos a leer la opulencia justo antes de que arrasen una ciudad de jeques intergalácticos, banqueros y millonarios con el negocio de la guerra.

Tan bien están saliendo los nuevos héroes y villanos que tendrán que acudir a una nueva estratagema para revivir a Phasma: ese personaje sigue y sigue mereciéndo más, mucho más, aunque mas no sea que por pura estética. Hasta el general Hux, en su falibilidad, es un acierto (para el campeonato es el paseo comunicacional que le pega Dameron al principio del film).

Leia y Carrie Fisher (pocas veces en la historia de la cultura pop se fundieron tanto persona y personaje) tienen su homenajazo merecidísimo. Su desaparición será alegre y etérea. Rebelde, like always.

Estamos ante un necesario avance de la Refundación, aunque la metáfora de la chispa ya la usó Hobsbawm pare referirse a los sucesos revolucionarios de 1848. Y nada menos que con cabras diamantinas, unas naves imperialistas que estacionan cada vez mejor, y una estética del Mal divina, preciosa por donde la mires.

No le puedo pedir absolutamente nada. No necesitamos estrictamente escenas de Parlamento o algún artilugio rebuscado para disfrutar de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, la saga que instaló una manera de hacer cine que a la vez lo glorificó, no sin antes esttellarce contra el vacío de los dólares, pero facilitándonos a los mortales el vicioso placer de ver navecitas tirando rayos a lunas y planetas artificiales, escenas de jolgorio en cantinas y casinos intergalácticos y mística endogámica ad infinitum.

Postdata. El director Rian Johson es quien dirigió “Fly”, el episodio de Breaking Bad que debe ser mostrado en las escuelas de guión como un ejemplo de economía de recursos y sutileza argumental. Un capítulo que funciona como un respiro sutil pero tenso en medio de una historia cuya espiral deriva necesariamente en el vértigo y la catástrofe. 

Postdata II. El personaje de Rey sigue resultando insulso, pero eso también es justo: lo implacable, lo perfecto, la no-falla que supone ser la encarnación del orden en el universo, tiene que presentar invariablemente esa cualidad. Este caso no es la excepción. Pero atención que Luke afirmó que es muy egocéntrico creer que la Fuerza termina con los sujetos. Es decir, con los guerreros jedi.

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