Opiniones sobre fulbo

En este país, y supongo que en el resto de los países del mundo en los que las masas le prestan atención al futbol, también existe la ley tácita de no poder cambiarse de club o, peor aún, no poder tener doble camiseta. La doble camiseta -es decir, el simpatizar por dos equipos a la vez- solo se permite cuando ambos clubes ostentan notorias diferencias de categoría o de historia en cuanto a éxitos deportivos. Por lo tanto si uno elige o le quedó por herencia Independiente de Avellaneda, club que tiene siete copas Libertadores, no puede ser también de Estudiantes de La Plata, que tiene un nutrido historial copero. Se puede aceptar un All Boys, un Arsenal (lo que es muy común) o instituciones incluso de inferior categoría.

¿Qué sucede si uno practica la doble camiseta con equipos entendidos como pares? No lo sabemos porque la ley actúa mediante la autorepresión. Y nadie lo asume. Tal es así, que muchos se llevan el secreto a su tumba, lugar de crematorio o fosa común. Así se interpreta y vive el fútbol en el Río de la Plata: hereditario, patriarcal, terminante y determinante.

Escena demagoga y simplista si las hay ¡Qué raro Campanella tirando humo para la tribuna!

Vamos a mi caso: soy hincha de Racing. Por herencia y por práctica. Digamos que recibí la afición por mi viejo y mi abuelo. Pero yo también, desde algún lugar de mi difusa autonomía infantil, me hice cargo de esa afición. Y la he disfrutado con creces. Porque cuando el futbol se sufre también se disfruta, en un punto. Mi mayor interés por el futbol transcurrió en la niñez, y justo en ese entonces Racing vivía épocas deplorables: arrastraba tres décadas sin campeonatos nacionales, peleaba el descenso, no tenía sponsors, jugaban los pibes de la cantera y como podían, la crisis financiera e institucional resultó efectivamente terminante, con la conocida quiebra y el advenimiento del gerenciamiento, aquello de “sos una empresa” y el 2001, con implosión del país pero un campeonato inolvidable, y toda la historia que conocemos. Sostengo que ese fue el último momento de mística de Racing. Alto. Altísimo momento con hinchas encadenados impidiendo que rematen el club, con la gente reventando el estadio durante un partido que no se jugó por orden judicial. Es difícil alcanzar ese nivel de mística cuando te rescató una sociedad anónima para vaciarte otra vez y luego entrar a una normalización institucional que requiere sus tiempos, que aún vivimos. No digo que no vaya a tener mística nunca más. Pero si que hace rato que el club necesita una identidad que no está teniendo. Quedamos anclados en el latiguillo de “la número  1 que nunca abandona” cuando los tiempos son otros. Los campeonatos de 2001 y 2014 y las clasificaciones periódicas a competencias internacionales nos marearon en los años subsiguientes, esperando más éxitos que no llegaron. Eso nos aleja de la tradición de lucha que el club tenía cuando yo era pibe. Ahora hay como una espera permanente de un éxito que va a llegar si o si. Y por supuesto que hay que granjearse el éxito pero no sentenciarlo porque después, cuando no llega, el palo es muy fuerte. Al tener el mote bien ganado de club grande nos olvidamos de lo que pasamos y nos queremos aferrar a un vendaval de éxitos que ocurrieron hace mucho.

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El redoblantazo a la jeta de Daniel Lalín es un icono de la resistencia albi-celeste.

Idéntico caso, y concatenado, sucede en el campo de juego. No hay identidad futbolística. Cuando se da una transición en el cuerpo técnico de turno, los dirigentes buscan directores técnicos del más variado paladar. O somos hacha y tiza, o futbol champagne. Nunca se va a tener una sola identidad, pero si una direccionalidad que vaya a esos lugares. La gente de Racing se tiene que definir entre aplaudir las patadas o los caños. Una de dos. Y bancarse la parada. O inventar una identidad nueva, que vaya por otro lado. Extra-futbolístico si se quiere. Seguir siendo hinchas de la hinchada. Pero ahí si, a no esperar nada, pero nada, del plano deportivo.

Una vez que sepamos lo que queremos, la arrogancia o la humildad (no tomo partido por ninguna, pero si es preciso definirla) las cosas van a estar más claras y los fracasos deportivos, que también son inevitables, también serán más explicables. Cuando sabés para donde vas, podés explicar los resultados, los positivos y los negativos. Necesitamos poder empezar a explicar las cosas. Saben a lo que me refiero. Llegó la hora.

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El texto arrancó con toda la cuestión antropológica de la doble camiseta porque lo practico oficialmente con un club de inferior categoría (El Porvenir de Gerli), como las leyes tácitas lo permiten. Pero también soy acusado en charlas futbolísticas con amigos y amigas de bostero. Si usted está leyendo esto desde Nepal, donde dicho sea de paso la mayoría parlamentaria es comunista, le explico: bostero le dicen a los hinchas de Boca Juniors.

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Maoístas y marxistas-leninistas conformaron alianza en el País del Himalaya.

No soy hincha de Boca pero si tienen cierto asidero las acusaciones: defiendo a Boca desde un aspecto emocional, por un lado, y sociológico, por otro.

Vayamos al más sencillo, el emocional. En aquellos años de infancia ultrafutbolizada, la derrota deportiva de mi equipo, como ya dijimos, era tradición. Recuerdo llorar desconsoladamente tras una derrota 2 a 0 contra Unión, con dos goles de Mario Tilger. En ese entonces perder con Unión era como ahora: síntoma de tocar fondo. Usted comprenderá que la mirada del niño todo lo amplifica. Ante la falta de experiencias, la curiosidad es un gigante y pisa fuerte. No existen medias tintas porque no se conoce otra cosa que lo que está pasando, entonces uno cree que el que gana es un gigante invencible. En ese momento eso sucedía con aquel Boca de Bianchi. Ese Boca que justamente le arrebató el récord de partidos invictos a Racing. Palermo, Guillermo, Battaglia, Bermúdez eran héores. Imposible ganarles. Titanes. Palermo hacía cosas imposibles de explicar, goles increíbles, festejos grandilocuentes expandidos por su fisonomía de grandes proporciones. Ganaban partidos, campeonatos y copas como cosa de todos los días. Lo que a vos no te pasaba nunca, a ellos les pasaba siempre, varias veces en un año. Y además, si. Estaba Juan Román Riquelme. El mejor jugador de fútbol que vi en mi vida. Cara de orto, mandón, un estadista en un campo de juego. Tranco poético, pegada envidiable, un verdadero genio. Riquelme fue y será el mejor. Uno de esos que dejan un hueco que nadie más va a llenar.

Pero también me acuerdo esta vuelta. Nunca había visto a Racing hacer 6 goles hasta esa vez.

Esa idea de invencibilidad era de admirar. Verlos festejar en los resúmenes de Futbol de primera era puro deseo de que te pase a vos. Y sin admitirlo o apenas intuirlo, también admirarlo.

En segundo lugar tenemos el aspecto sociológico ¿Cuántas veces escuchaste la frase “que gane cualquiera menos Boca”? ¿Y eso de que los hinchas de Boca son todos bolivianos y paraguayos? Boca representa al otro cultural, al inmigrante limítrofe, a los denostados y olvidados, a los que vienen a deslomarse a Buenos Aires para parar la olla y encima indocumentados. Boca es el aluvión zoológico, el espejo en el que no te querés mirar pero sabes que te representa. Las patas en la fuente, ¿por qué no? Y lo es pese a tener la dirigencia más repugnante del fútbol argentino, que ahora de yapa gobierna también el país.

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¿Esto no es cierto?

Boca asusta. Es el negro que encima de negro, es exitoso. Porque a su equipo le va bien. Y festeja desmesuradamente, hípermersa, feliz y transpirado, en tu cara que no quiere admitir que es así, son los más grandes.

¿Entonces soy hincha de Boca? No, pero defiendo lo que representan. Porque reacciono ante el miedo y la envidia de quienes los odian. Cuando representás, representás. Es así y a bancársela.

Por más McDonald’s destrozados. Salú.

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