Milagros ateos (o luz de poesía en el planeta laberinto-cañería)

A Luis Alberto Spinetta

(Léase en velocidad)

 

Mientras los seres humanos en inmensa marea nacían, crecían e incluso morían sin siquiera saber lo que es hoy un ser humano, nació un ser humano con dos piernas largas, un torso, dos brazos y una cabeza que en algún momento se pobló de rulos.

Una resonante forma de ser humano tenía este, si, ser humano. Uno más en un jardín inmenso poblado por iguales, iguales distintos, pero iguales. Se exacerbaban y se señalaban despiadadamente los miembros físicos de aquellos seres humanos que no coincidían con los cánones –cánones-cañones- de estética establecidos por la época: países “centrales” vapuleados por las artillerías, las trincheras y la tacañería ideológica en el inmundo planeta laberinto-cañería, cuna de inextricable mixtura de ratas y hollín. Bueno, ratas y hollín solamente no, también había países y regiones y montañas y nubes arriba, magma en algún lado y, desde algún momento –no tan remoto como imaginamos- veredas y sendas peatonales y algún semáforo. También casas de barrio y familias.

Entre las hormigas de los subsuelos y las cucarachas de los zócalos, en el planeta laberinto-cañería crecían árboles y flores, pequeños grandes focos de resistencia a la pestilencia y la malevolencia (víctimas y enemigos por obligación de la confusa línea divisoria entre la dominación de la natura para subsistir y la depredación descarnada, desalmada, desanimalizada).

Así las cosas con superficial aspecto de eternizadas, el planeta laberinto-cañería parecía ser secreto, oculto para los propios laberinto-cañerícolas, seres humanos ordinarios que ríen pero sufren. Aunque no lo era. No era, en verdad, realmente oculto para nadie. De todos modos, ningún ser de otro planeta lo avistó jamás ni pisó su suelo plateado, de un acero rechinador de dientes de humanos que se arrancan los cabellos los unos a los otros en pos de algo que les gusta llamar “patriotismo”.

El planeta laberinto-cañería es –o era, dado que hace tiempo las esferas superiores no tienen noticias que provengan de allí- un inmenso túnel que, unas cincuenta veces por región, hace al despistado y desinformado transeúnte toparse con los más variados estilos de escaleras caracol que pueden existir. Estas escaleras saben lucir, en cada escalón, incontables cantidades de relojes: grandes, medianos, pequeños; relicarios, de pared, de pulsera; digitales, con agujas; con números romanos y de los otros.

Nadie, ningún habitante ser humano o no ser humano sabe hacia donde conduce cada una de las escaleras caracol que adornan los municipios, ni quien las construyó, ni  cuando fueron construidas. Lo que si saben es que esos infinitos y prolijos relojes constituyen una incuestionable deidad para todas las comunidades de todas las regiones que conforman el planeta laberinto-cañería, como la enorme, incalculable cantidad de puertas cerradas –con una escoba entrecruzada a la manera del más infranqueable cerrojo- que tampoco es de saber popular a qué clase de misteriosa habitación oficia de vanguardia.

La podredumbre empetrolada, las marañas de pelo, los insectos que molestan los oídos de la gente e infestan mortalmente a los animales son moneda más que corriente a lo largo y a lo ancho del planetita orgulloso de su podredumbre y de su mezquindad, hija de un enérgico momento procesual que duró décadas y décadas en aceitar su maquinaria craneada por jerarcas auto-impuestos. Algunos pequeños, minúsculos charcos de hermosura –como si fuesen un error de Dios ¿Dios?- aparecen esporádicos en alguna que otra hectárea.

Pero.
Pero: los seres humanos que se arrancan los cabellos por el patriotismo (o algo parecido a lo que le ponen ese nombre); la era nuclear nacida y aprendiendo a manejar, a días de sacar el registro; las escaleras caracol; los relojes; la deidad suprema del tiempo; las puertas cerradas –imperturbables, sin siquiera candados-.

Pero, también, un hombre de rulos, entre el jardín de seres. Así es el panorama –con, aunque no parezca, algo bucólico emergiendo de forma esporádica en la más extrema de las desidias- en el planeta laberinto-cañería.

 

El año de su llegada comenzó en domingo. Por ese entonces el planeta laberinto-cañería, artificialmente dividido en dos, dictaba penas de muerte y detenía en la más hedionda de las cárceles a cualquier individuo que ose aproximarse a las escaleras caracol a no ser que sea con la actitud siempre valorable y, por sobretodo y a sabiendas, conveniente, tal como resulta para los estratos de poder, de admiración y rendimiento de pleitesía ante semejantes estandartes del estado de cosas reinante.

Grandes purgas tenían lugar en cada uno de los pasillos del inmenso laberinto grisáceo, sucio, lleno de moscas.

Algún loco, otro emergente de tantos emergentes iguales, gustó de la idea de suponer que la segmentación no sirve y que, por consiguiente, todos los laberinto-cañerícolas deben adoctrinar en igualdad de valores a sus pares y asesinar sin piedad a quien se resistiese. Las banderas flameaban hinchiendo los orgullos falsos pero, sin embargo y contradictoriamente, las jerarquías funcionaban como nunca. Y es que había líderes gozando del falso lujo de la bufonería de sus escoltas. Y es que había lacayos de ojos vendados y uñas afiladísimas. Y es que había niños de prominentes barrigas hambrientas.

Para los jerarcas del planeta las cosas marchaban sobre rieles siempre y cuando las ametralladoras ametrallen y las palmas estén abiertas, nunca formando un puño. El puño se erigía, en aquellos oscuros años del planeta laberinto-cañería como el símbolo del enemigo. Un puño cerrado puede indicar la más execrable expresión de autonomía, fuerza e insurgencia. Por supuesto que términos del calibre de “insurrección” estaban totalmente prohibidos hasta en los más recónditos espacios del planeta. Se conservan aún insulsas filmaciones –seguramente con el objetivo de servir como espías- de habitaciones de viviendas precarias, de familias numerosas, en las que no se observa nada más que esa existencia vanagloriada en otros planetas y falsamente honrada en el laberinto-cañería conocida como “vida familiar”

Igual, no todo era tan así: los focos de resistencia, algunos -los menos- lograban defenderse dignamente de los embates del ataque despiadado de los seres que, desconociendo su esencia, les pasan topadoras por encima, sin ningún tipo de piedad ni unos minutos para razonar, para posteriormente cubrirlo todo de una inexorable capa de cemento áspero, mudo, mortal.

Algún loco de acento dominante tuvo el ímpetu de aliarse con la resistencia de la flora para publicar algún tomo de historias sucedidas en Marte, con gentes ajenas y amarillas, plagadas de ojos pero con sexos humanos.

Analizadores de idiosincrasias, buscadores incansables de aquellas cuestiones que revelen un grupo de actitudes de determinados grupos de personas en un determinado tiempo, hubo casi siempre. También en el planeta laberinto-cañería y por aquél entonces mayormente que en ningún otro momento.

Así señores, que en el inmediato futuro transformáronse en compulsivos recibidores de premios, dictaminaban orígenes vejatorios en franjas enteras de población: “el pueblo XYZ-24 es hijo directo de una violación pero, sin embargo, estamos preñados de futuro y el parto tiene lugar, sencillamente, a cada momento. Por tanto tenemos, a cada instante, una nueva oportunidad de revertir dificultades e, incluso, hacer de la carga de orígen que como pueblo tenemos en nuestras espaldas, algo desarraigado por fin de los efectos negativamente traumáticos que en estos días, y hace muchos, incontables días, percibimos como inobjetable.”

El nacimiento e inmediato desarrollo del pequeño ser humano de rulos en aquél año MCML del planeta laberinto-cañería habrá sido armonioso, cálido, lleno de arrullos y amor. Habrá sido. No lo sé a ciencia cierta ni tampoco viene al caso, aunque muchos sostienen –seguro que acertadamente- que en los primeros años de vida de los laberinto-cañerícolas esta inscripto, ya, su futuro devenir. No porque en el planeta laberinto-cañería exista el destino ni mucho menos –sabemos que esa patraña no existe en ningún lado- sino porque, si en aquellos primeros años de vida hemos sido criados, justamente, en un ambiente armonioso, cálido, lleno de arrullos y de amor, es más posible que, a la postre, seamos mejores personas que los simples mezquinos con tanta malevolencia, que tanto abundaban por aquellos años –como si ahora no-.

En aquella hipotética vivienda donde se crió, habrá escuchado los gritos desaforados de victoria consumada, provenientes de la enorme construcción donde se celebraba la gimnasia nacional, así como los cantos de su padre adentro de una radio, relacionados seguramente con la música característicamente portuaria.

Habrá reído, crecido, se habrá soñado gorrión y flor.

 

Quizás los laberinto-cañerícolas vengan de otro lado, de otro planeta. Quizás. Es que si así no fuere, no devastarían durante centurias su propio derredor.
Residuos en la orilla del mar; petróleo en el ártico; deshielos apresurados.
Liebres descuartizadas; vivisecciones; especies en peligro de extinción.
Purgas enormes; cámaras de seguridad; puertas cerradas.
Plástico derretido.

El vejámen unificado del dios moneda, propulsor de sordidez, se enfrentaba en una batalla rodeada de cuarteles, que, por otra parte, parecía ganar, frente a los ligustros, los nogales, las madreselvas, los peteribíes, los nardos…

Entre brazaletes, balaceras y cañonazos, las abejas aún merodeaban las rosas chinas, posándose histéricamente sobre el rosado de una flor en flor.
Entre las explosiones y la podredumbre, aún osos polares pisaban fuerte sobre la nieve tan parecida al algodón, ese bien que curtió las manos de tantos y tantas en las siembras.
Entre los gritos ahogados de muerte y los cascos verdes, aún los perfumes de las flores se disipaban, abrazados al viento del azur.
Entre el espanto, el espasmo y el escarnio, los toros, los loros y los monos.

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