Tambo, orín y mosca

La locación es un cuarto de azulejos blancos con una pulcritud rayana en el brillo. De todos modos, no llega a encandilar la vista. Hay también en todo esto una perentoria opacidad que surge al rato de observar el cuarto –el cuadro-, no al primer instante, no en la primera impresión, sino unos instantes después. Aquí hay algo de muerte, algo de servicio velatorio. Ese olor medio imaginario de muerte que tienen los velorios. Porque los velorios no tienen olor a muerto, tienen olor a muerte.

Allí, rodeado de azulejos blancos, Hitler da tres pasos con solemnidad, con su traje oficial, más delgado que nunca, con una papada que más que una papada es un colgajo, una masa de piel breve y arrugada que sería más notoria si temblara. Pero no está temblando, solo da tres pasos en dirección a una chica rubia. Una hermosa mujer rubia. Joven, negras cejas, pelo suelto, raya al medio. El corazón no se le ve, claro.

Hitler se queda de pie frente a ella y se miran un largo rato. La chica tiene cejas gruesas, negras, funcionales a sus ojos celestísimos. La chica es anacrónica a Hitler: es una chica de los años sesenta. No tiene una vincha verde y floreada, pero es como si la tuviera. Parece salida de los videos del festival de Woodstock.
Luego de mirarse largo rato sin expresar un atisbo de ningún sentimiento que conozcamos, la chica dice, casi en un susurro:

-Dios es del abismo.

Acto seguido, se besan apasionadamente. Hitler besa como discursea: apasionadamente. Sacado. Fuera de si. Como si la chica tuviese el pueblo de Lídice en la boca, listo para ser arrasado.

La escena dura unos cinco fatigados minutos y en el cine el silencio es solo interrumpido de a ratos por el sonido pastoso de la boca de Hitler teniendo contacto con los labios de la rubia.

 

Ya en el hall de entrada la concurrencia me mostró su singularidad. Por empezar, no íbamos a ser más que once espectadores. Pocos, tratándose de un viernes por la noche en un complejo cultural del centro. La presencia de pocas personas acentuaba el aire fastuoso del impecable mobiliario.

Atravesando el aire con mi compañera, nuestro arribo tuvo, como primer golpe de vista, la presencia de una señora vencida por el tiempo acompañada por un tipo.
Cuando la señora, con sus largas medias –que llegaban hasta mucho más arriba de los tobillos-, empujó la puerta de la sala, el tipo que la acompañaba se precipitó a regañarla a los gritos:
-¡Mamá te dije que no! ¡Todavía no empezó la función! ¿Qué carajo hacés?

El resto de la concurrencia miraba y disfrutaba un poco que los retados no sean ellos porque, claro, ellos hacen lo correcto, no son ancianos, solo en esa etapa de la vida podrían cometer semejante torpeza. Ellos eran:

-Un hombre que leía –exhibía- su Página/12 de rigor (no sea cosa que sin tal floreo, quienes iban a ver la película con él adivinen que, cuando camina por la calle, se da vuelta una vez cada un exacto minuto con diez segundos y que, en el transporte público, pone sus brazos en jarra en el afán de tener contacto, aunque sea con la punta de alguno de sus dedos, con la billetera de cuero marrón en la que guarda unas cuantas decenas de pesos).

-Una joven pareja cuadriculada (sus camisas), ávida de tener frente a sus caras una nueva perla del cine de Europa del Este para poder enrostrarse a si mismos que consumen el refinado arte que no se postula jamás en la boba caja cuyos rayos de cejo fruncido y poblado –como el de Sarmiento- destrozan los cráneos de sus padres y se injertan en sus cerebros parecidos a chinchulines vacunos crudos.

-Dos cincuentonas de riñonera.

-Un ser pelado pero, a su vez, con una peluca bastante extraña. Esto es raro, lo sé, dado que las personas peladas se caracterizan por no tener pelo. Y una peluca, artificial o natural, esta compuesta por pelo. Por lo tanto es pelado o tiene pelo. Una de dos. Las dos juntas jamás.
Bueno, el ser en cuestión mostraba su cabeza totalmente rapada, exceptuando el hecho –porque eso era, de por si, un hecho- de una franja torcida de cabello negro que hacía presencia un poco antes de la nuca. La rareza de esta peluca radica en que esté justamente horizontal, mal pegada, MAL PEGADA.
Este ser –cuyo nombre aquí es Bigote Anónimo, en relación a la finísima anchoa que nadaba varios centímetros por arriba de su inexistente labio superior- vestía un traje azul oscuro digno de la pulcritud más aplaudible (¡Aplaudidle!, sugiere Word tras la advertencia del subrayado rojo).

-Una señora cansada.

-Y dos personas de carnes invisibles.

 

Hace tiempo me entregué a la idea –que siempre supe pero no quería aceptar- que esgrime que no hace falta conocer La maja desnuda o siquiera haber oído nombrar alguna obra de Fédor Dostoyevski para ser una persona encantadora. De hecho, suele ocurrir a la inversa: mientras que la persona que se ofusca sobreactuadamente sobre la elevada humedad del día para sacar un tema de conversación frugal es, muchísimas veces, alguien noble y de sincera entrega en la voluntad de querer; aquél que sabe usar incluso las ropas más dejadas porque siempre tuvo un tino superior para elegir valores culturales y leer de una manera irrefutable e inesperada los vericuetos de un film o un libro, resulta ser el más patán entre los patanes.
Quizás esta última enunciación –que sabrán entenderme, no sé expresar de manera más clara- es la que, en apariencia, se hacía carne entre la concurrencia del cine.

Con quince minutos de demora de anunciado el comienzo de la proyección, no aparecía en la puerta del cine ningún empleado del lugar para cortarnos los tickets.

¿Y entonces?

“Y entonces rompamos todo”, pronunció el hijo de la vieja que, al parecer, hacía poco rato nomás había mostrado una impaciencia sabia.

-Vamos a entrar a la sala. No sea cosa que estos hijos de puta hayan empezado a pasar la película.

Su precipitado ingreso tuvo como compañera la corrida desesperada del lector de Página/12. Ambos parecían verdaderamente preocupados por perderse algunos minutos de la cinta.

Tras ellos, entramos todos.

Parados sobre algún escalón de las escaleras ubicadas al extremo izquierdo de la sala, contemplábamos azorados cómo el hijo de la vieja, fuera de si, parado frente a la cabina donde había de proyectarse la película, gritaba:

-La concha de tu madre, no podés faltarnos el respeto así. Salí de ahí que te reviento. Vení, vení.

Cada vez que golpeaba el vidrio que separaba la sala de la cabina, el lector de Página/12, a su lado, repetía el movimiento, moviendo la cabeza en gesto de inseguridad.

-¡Voy a hablar con Baby Echecopar! ¡No tenés idea con quien te cruzaste pelotudito! ¡Voy a hablar con Baby!

La expresión del operador era de hastío. “¿Nuevamente esto?”, parecía pensar.

La película había comenzado a proyectarse a la hora que las entradas indicaban. Como nadie del personal se puso en la puerta de la sala para cortar los tickets, ningún espectador entró a verla a término. Sin embargo, la cinta empezó a rodar a la hora estimada. La ira del hijo de la vieja, nunca mejor secundada que por el módico lector de Página/12, obedecía a ese motivo.

Las Dos Cincuentonas de Riñonera cuchicheaban entre si, espantadas por la conducta violenta de la dupla de ataque que no hacía más que gritarle al operador y cachetear el vidrio de la cabina, haciéndolo temblar pero, a la vez, demostrar que no iba a romperse fácilmente.

Finalmente el operador –que siempre mantuvo la tranquilidad- no cedió ante las demandas de la dupla de ataque, ni demostró temor ante la incorruptible figura de Baby Echecopar que se colaba de vez en cuando entre las amenazas del hijo de la vieja, y no interrumpió ni por un solo segundo la proyección del film.

Mientras el hijo de la vieja abandonaba la sala anunciando iracundo que iría a que le devuelvan el dinero de la entrada, el resto de los espectadores nos acomodamos en las butacas, incluido el lector de Página/12, para fingirnos en una trama de inconexiones arbitrarias que habrían de incluir tabaco en pipa, planos de aldeas pobres y líderes de masas.

El último en elegir una butaca, debido a la lentitud de sus movimientos, que posiblemente eran tales por sufrir algún problema de salud que afectaba sus articulaciones, fue Bigote Anónimo. Se tocaba la pelada, giraba su cabeza en cámara lenta y le temblaba la mandíbula mientras buscaba con la mirada algo muy difícil de precisar: Bigote Anónimo no estaba buscando simplemente la mejor ubicación para mirar la película. No parecía estar buscando una butaca cuyo lugar sea funcional a evitar aquellos estorbos que impidan la más completa y placentera percepción de la obra. Bigote Anónimo quería encontrar algo más que eso.

No pude evitar sentir cierta desconfianza cuando noté que se sentó a mi lado, en la última fila de la sala. Le costó sentarse casi tanto como si tuviera que levantar tres bidones de agua a la vez. No podía concentrarme en la secuencia que la pantalla proyectaba, en la que Hitler, preocupado, revoleaba un sombrero de fieltro con el que, en la escena anterior, había practicado un baile de cabaret.

De a ratos, Bigote Anónimo sacaba toda la lengua de la boca, lo que sumado al temblor de su mandíbula, generaba un ruido al que el adjetivo repugnante le quedaba corto. Sonaba como si una oruga se arrastrara lentamente por el interior de un paquete de papas fritas.

Solo uno de sus brazos, particularmente el izquierdo, quedaba al descubierto. El derecho lo mantenía debajo de una especie de carterita que se agitaba de a ratos, parsimoniosamente, de seguro como resultado de lo que mis razonamientos aseguraban que era una simple paja.

Lo miraba de reojo e intentaba adivinar sus pensamientos. ¿Me levantaba y me cambiaba de asiento? El lo hizo antes.

Cuando me aprestaba al fin a dejarme abducir por la película, el hijo de la vieja irrumpió nuevamente en la sala, subió los escalones dando zancadas y se asomó a la cabina del operador.

-Perdoná, estuve muy mal.

Bajó los escalones y se colocó al lado de su madre, quien, a diferencia de él, no había abandonado la sala.

Iban cuarenta minutos de película y la trama –que nunca fue tal cosa- no se despertaba del coma en el que estaba sumida desde el segundo cero. Todos parecíamos querer apostar a que la cosa iba a levantar, pero la certeza de que eso no iba a ocurrir jamás se mostraba tan implacable como cien por ciento probable. Era casi un hecho.

Y Bigote Anónimo continuaba su extraño proceder. Mi compañera, haciendo un gesto para adelante con la cabeza, me señaló donde estaba: sentado al lado de las Dos Cincuentonas de Riñonera, su conducta era el símil de la que había desplegado cuando estaba sentado al lado mío, solo que ahora sacaba más para afuera aún la lengua y levantaba las cejas de tal manera que su rostro transmitía algún tipo de ataque o parálisis. Claramente se estaba masturbando. Y también claramente las Dos Cincuentonas de Riñonera lo notaban, ya que se hablaban entre si y quien estaba a su lado se corrió lo más posible en su butaca, en dirección opuesta a la que ocupaba Bigote Anónimo.

¿Qué lo llevaría a hacer eso? ¿Su vida no podrá más de solitaria? ¿Navegará rota entre muebles desvencijados, caldos instantáneos y diarios de ayer? ¿Serán tangos los que musicalizan su vida? ¿Qué verá al mirarse al espejo?, me preguntaba mientras no sabía si censurar su actitud o no (aunque, por otra parte, tampoco puedo dejar de preguntarme si ponerla de relieve en un escrito no es de algún modo censurarla).

¿Infringir una ley cultural siempre es transgredir o la transgresión viene con un contenido de reflexión que acompaña la mera infracción? Bigote Anónimo nos provocaba, o eso quiero creer para no tener que usar la primera persona del singular.

A la media hora se volvió a cambiar de lugar. Esta vez ocupó una butaca al lado de Una Señora Cansada, que bebía de a ratos de una petaca metálica. Ya Hitler había desaparecido de escena, para dejar lugar a la discusión de dos trapecistas eslovacos que estaban a punto de agarrarse a trompadas. Bigote Anónimo se quedó allí hasta media hora antes de finalizar el film, momento en que abandonó la sala. Una Señora Cansada no se mostró repelida ante su modo de actuar. Simplemente miraba la película y bebía de a ratos. Eso era todo.

 

Cuando abandonamos la sala fui al baño: la locación es un cuarto de azulejos blancos con una pulcritud rayana en el brillo. De todos modos, no llega a encandilar la vista. Hay también en todo esto una perentoria opacidad que surge al rato de observar…

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