Néstor, siempre

Recuerdo caminar por la avenida Pavón con la ciudad dormida, con la quietud del feriado y yo yendo a censar. Era un edificio del centro de Lanús, ese testimonio del boom inmobiliario y la clase media aspiracional. Esa que creció y se vio beneficiada por lo que después vilipendió. Esa que eligió por cuenta propia, a cambio de no rascar ni un centímetro la olla de sus propias consciencias, cavar su propia fosa.

-Disculpa que me ría. No me río de vos, de verdad. Pero acaban de decir en la tele que murió Kirchner.

Espeté un ¿¡QUÉ?! de alarma, pero nunca lo creí verdadero. Me estaban jodiendo porque estaba haciendo un laburo para el Estado. Era eso: boludear al militonto.
Todavía no estaba el Whatsapp así que la confirmación de mi viejo cayó un rato después, ya haciendo el laburo final en un jardín de infantes de la zona.
Ya para entonces la noticia había sido confirmada por las conversaciones irrisorias de los vecinos del edificio:

-Y si, ahora tendría que agarrar la manija Duhalde. El único que puede controlar los sindicatos. Ella no va a poder.

“Ella no va a poder”. Esa frase que duró meses. Esa frase que cayó por su propio peso con un tal %54.11 de los votos y una segunda gestión que otorgó mas y mas derechos a todos y todas.

Recuerdo volver a casa y tirarme en la cama con la tele de fondo ¿Y ahora qué? Tardé en darme cuenta que eso que sentía mientras escuchaba el coro panelista era tristeza. Honda. Una especie de pulpo de angustia abrojado a mi pecho. De repente me encontré en la plaza con tantos y tantas que estaban en la misma que yo: la de despedirlo y recibirlo para siempre. Algo nacía hacia la eternidad. Irrenunciable. Irreversible.

Había muerto el Presidente que intuitivamente empecé a bancar aquel mediodía lluvioso en que lo vi por la tele abrir las sesiones ordinarias del congreso junto a su compañera de toda la vida, enumerando minuciosamente cada una de las disposiciones de gobierno y los logros del pasado año 2004. El Presidente que, ese mediodía que hoy significo iniciático, almorzando como una fiera y con el uniforme del colegio a medio sacar, me hizo pensar “pará, esto es distinto a lo demás. Acá algo hay”. Ese cuyo imaginario se hizo un lugar al lado de las imágenes de Guevara, Walsh y estrellas rojas en mis cuadernos adolescentes plagados de delirios.

Ese que me devolvió la política. Ese que me hizo conocer, y aun mas importante: ¡sentir!, lo intransferible de la palabra camarada, de la palabra compañero. Mucho mas que un dirigente político: Néstor es el que nos enseñó a abrasarnos en el abrazo popular.

El de la construcción inteligente. El de arder por el otro y la otra.

Néstor, siempre.

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