“Quieren que abandonemos las calles”

El Centro Cultural Lynch de Wilde fue ocupado por desconocidos el fin de semana pasado. Hablamos con uno de los miembros de su comisión directiva: los métodos de otros tiempos, la organización inmediata de la comunidad, la respuesta del municipio.

“El viernes pasado tuvimos una intrusión de desconocidos. Unos matones grandotes, completamente desconocidos que forzaron la puerta e ingresaron”, cuenta Marcelo Fortunato Lynch, nieto de quien lleva el nombre del centro cultural que fue atacado así, de improviso. Las palabras son escalofriantes y remiten a otra época: intrusión, desconocidos, matones ¿Qué está pasando?

En abril de 1999 abrió sus puertas el Centro Cultural Lynch, en la casa del artista plástico Justo Lynch, quien acababa de fallecer.  Fue una decisión de su familia. Un centro cultural es una flor abierta en pleno barrio; una oportunidad; un acercamiento hacia la comunidad para vibrar con su propio pulso.

A una cuadra del centro cultural hay una fábrica que fue abandonada hace muchos años. “Una fábrica que llegó a tener casi cien juicios laborales millonarios. Es una propiedad prácticamente inviable en cuanto a lo comercial. Una sociedad compró la quiebra y la desguazó dejando solo el cascarón de la estructura del edificio”.

“Cuando uno de los compañeros ingresó como lo hace todos los días a la mañana, se encuentra con la puerta violada. La gente que estaba allí decía que no iba a irse porque eran los dueños. Uno de ellos acusaba ser nieto de uno de los dueños de esa original fabrica que hace varias décadas que estaba abandonada”.

En el año 2007, ante el impedimento de comercializar el local vacío, el dueño de la quiebra permite a la comisión directiva del Lynch “ingresar si le limpiábamos todo porque no tenía forma de comercializarlo. Prefería que haya una actividad cultural y así fue hasta hoy. Entonces esta fábrica ya estaba abandonada y ya tenía una quiebra y una compra de esa quiebra. La policía no le encontró al ocupante ningún tipo de documentación fehaciente para manifestar su derecho de propiedad”.

Cuando le digo a Fortunato que ante estas noticias que últimamente andan dando vueltas por ahí lo que siente uno es algo parecido al miedo, me corta en seco. “No tengas dudas que es miedo”, me dice. Pero el miedo inmoviliza, petrifica. Acá nadie se quedó a vivir en el miedo: “ese mismo día se armó una movilización con abrazo solidario y de resistencia bastante importante, con los artistas, los vecinos, los alumnos, gente de la UNDAV y de otras localidades también”.

La respuesta del municipio

A una semana del acontecimiento, el Concejo Deliberante de Avellaneda se presentó en el Centro Cultural Lynch para que la calle en la que se encuentra el establecimiento comparta el nombre con Lynch. Avellaneda es una hermosa excepción, en tiempos oscuros en los que el Estado no aparece cuando los métodos de otros tiempos dan señales de volver, aparece para dar respuesta y sentar posición: “no sabes la tranquilidad que tenemos de pertenecer a Avellaneda, porque en otros municipios esto no pasa”, sostiene Lynch y continúa: “nosotros respondemos con más cultura, con más apoyo de los compañeros, con más presencia en la calle. Quieren que nos vayamos de la calle, de los centros culturales, de las universidades”.
No lo van a lograr…

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