El arte de la encrucijada es el motivo de la adultez

Nadie en Niterói. Ni un alma. Hacía dos días que vagábamos en profundo silencio, atravesando el filo de desconfiar de nosotros mismos ¿Quién me había mandado a mí a creer en Juancho? ¿Y si la sonrisa de Vanina no era otra cosa que una cortina de humo para tapar el pozo profundo al que me estaban llevando? Los chistes y los abrazos de hace quince días, ahí cuando llegábamos al Brasil con solo ochenta reales que se multiplicarían por muchos gracias a las clavas y las pelotitas, ya eran un recuerdo difuso, algo que probablemente no haya pasado nunca. Mis dedos estaban tajeados porque hacía frío. Mucho frío.

-Alguien le cerró la persiana al verano. No hay caso –dijo Vanina, en el punto en que sus rulos ya tornaban de amarillo a plateado en señal de angustia.

-Mirá si pasa lo del tema de Fito.

-¿Qué tema de Fito? –replicó, corriéndose un rulo del ojo derecho.

-El de la ola gigante.

-Esa historia es una pelotudez. Un pelotudo no puede escribir otra cosa que pelotudeces.

-¿Todos tienen que hablar mal de Fito Páez siempre? ¿Por qué no se van a lavar el orto? A donde voy algún gil dice algo por el estilo.

Ya no podemos hacer uso ni siquiera de las joyas del ingenio popular porteño que llevamos en nuestros modismos, en nuestro pecho inflado, en nuestro creer que siempre es posible. Ya dejé de escribir. Dejé de escribir aún cuando estoy escribiendo en este momento. Esto no es nada. Es la renuncia a la pequebus idea de que escribir comparte las primeras tres letras con escapar. Escribir no es irse a ninguna parte más que al corazón del ego propio, ese juego de los cocodrilos del Playcenter del Yo, una hidra de mil cabezas que resurge a medida que las vas descabezando a martillazos.

Ay, de mis días de MTV y pelo con gel…

En una casa de familia de Jurujuba me convidaron algo parecido a Merengadas y ese fue el último elemento foráneo que bailó entre las aguas anaranjadas de mi estómago, hasta que llegamos a la casa-escuela de alguien que nos veía caminar cansino por la orilla cuando nos gritó:
-¡Estrangeiro! ¡Estrangeiro!

En sus cuatro paredes rebosantes de literalidad le daba apoyo escolar de nivel primario a mulatos que se dormían sobre la mesa. Se presentó como Francisco, aunque escuchamos con nuestros propios oídos como lo llamaban Electra. Y el respondía.

En un inglés brutal nos dijo que nos hospedaba hasta que encontráramos donde ir. Y que no tenía mayor sentido quedarse en una ciudad en la que odian a los argentinos. Dijo saber español pero que nunca lo utilizaría para hablar con un grupo de porteños. Dijo porteños. Lo dijo.

No hubo discusiones, peor era la intemperie. Porque no ahorraba en frío y porque nos privaba del magnetismo de Francisco. Francisco caminaba y dejaba una estela violeta tras de si, una estela violeta que gustaba de imaginarme en mis masturbaciones cariocas nocturnas (fueron dos, fueron tres, fueron cuatro cinco seis. No lo puedo precisar).

Cuando nos invitó fuxura sentí que el ‘nos’ había desaparecido con las Merengadas. A pesar de quizás tenerlos a mi lado, mis Juanchos y Vaninas fueron decretados como pasado ¡Ya no existís, men! Mientras freía cebolla comenzó a hablar –siempre in english- de las torres gemelas. No del atentado. De las torres gemelas. Gustaba de ellas y yo soñaba metérselas en el culo. Ambas. A la vez. Con los aviones incluidos.

La charla mutaba de tema en tema pero en verdad ambos –y los fantasmas de ese minúsculo hogar-escuela también- sabíamos que la temática central era la nada misma. La nada nos rodeaba y nos bordeaba. Nos moldeaba y modelaba. Nos hacía a su imagen y semejanza. Éramos eso: una imitación de la realidad más desabrida y sinsentido que pueda existir, como todas. Empate técnico. Una pechuga de pollo sin orégano ¡Cuánto odio me causaba de chico, en los recreos de la Normal 8, que un pibe de nueve años use la expresión ‘Parda la mejor’! Ese combo de asco-miedo al empate, a la igualación de los pares, al ‘vivo para no perder’ del Témpano de Abonizio.

Mientras elogiábamos desmedidamente a Borges por no escribir nunca un texto de más de diez páginas (desmedidamente no, incontinentemente, como es incontinente el laberinto de todo lo conocido en el que vivimos, que no es otra cosa que la más acabada de las tretas del lenguaje), Francisco o Electra o Mi Nuevo Chongo Idealizado y Misterioso (como si el misterio no fuese un elemento fundamental de la idealización de las personas) empezó a jugar con una tuca entre sus dedos. La pasaba de una falange a otra como hacen los bateristas con los palillos. La frotaba como a un pezón. Tras largo rato en el mismo sentido, comencé a ahogar mis intenciones de esperar a que se decida a prenderla. Un mandato de la primera forma coercitiva que recibió mi cuerpo y conciencia de niño sofocaba el apresuramiento y la intrepidez en casa ajena ¿Pero cómo hacerlo si en ese momento, gastado, con hambre y cansado, dos secas de marihuana eran para mí como el lapislázuli para un caldeo del cuarto milenio? Entonces se la arrebaté queriendo coquetear, intentando por esa vía un doble juego: el de calmar los nervios con el humo y comenzar un flirteo que en vano esperé que se lleve a cabo por iniciativa del otro. La cara de Francisco se ensombreció. Si bien nunca fue alegre, su expresión mutó hacia un sitio de lástima.

-It is not like this –dijo a media sonrisa.

Pensé en SúperHijitus. No sé por qué cuando las cosas se ponen complicadas, o las empiezo a creer complicadas, mi mente establece mecanismos casi bizarros de evasión.

Mientras en mi imaginación el fiel Pichichus ladeaba a su dueño que salvaba nuevamente la ciudad de Trulalá, Electra me explicaba en un inglés bastante tosco (aunque el actuara como si realmente no lo fuera) que había que ser agradecido y no miserable; que había que ir siempre a más y realizar los sacrificios necesarios para obtener lo que deseamos. Llegó entonces en una carabela evangelizadora con una enorme cruz roja en la vela, el corpus doctrinario del Nuevo Testamento, en el único momento en que habló en español:

-Sentados en el pasto llenaremos las doce canastas. Quiero decir que si te deshacés de esa tuca, quizás te vuelva multiplicada. Te vuelva un pan. Una piedra gigante que compartirás con todos tus compañeros. Revoleála. Comprendé la palabra.

Tragué saliva blanca y espesa que transitó con dificultad por mi garganta rocosa y seca. Cerré los ojos y con mis patas de gallo en situación pornográfica, ante los ojos de Francisco, revoleé el resto de porro.

La charla abandonó para siempre sus niveles de fecundidad.

Dormíamos en una especie de carpa hecha con esas telas que cuando las tocás, tus dientes rechinan. Re-china quería estar yo. Sin embargo, no pensaba tanto en lo que me perdí, sino en lo que podría pasar de ahora en más. No sabía dónde estaba ni con quien. Y no me refiero solamente al obvio caso de nuestro anfitrión, un frankenstein alla Wes Craven y Tom Jobim, sino por mis propios compañeros fantasmas. No estaban en ningún lado, aunque estaban. Su presencia física era comprobable. Lo demás, en mí, no. Y me daba placer. Mi morbo se agigantaba y regocijaba de saber que me deshice de ellos en un sopetón. Fui un Holden Caulfield insensible que esperaba que le pase algo en la vida. Algo, de una buena vez en la vida. Un secuestro, una muerte, un viaje astral. Una transmigración, un déja vu, un encuentro del tercer tipo. Un enamoramiento que me deje estaqueado en el patio, el descubrimiento de una nueva virtud, un nuevo cráter en la luna, una elegía. Un nuevo sabor. Sonreír de veras. Morir. Matar. Revivir al cuarto día porque el tercero me dio paja. Nacer inexorablemente pecaminoso.

Nada de eso. Daba vueltas en el piso –que era mi cama- junto con todas estas palabras en mi cerebro ¡Tengo un cerebro! ¡Un repugnante y viscoso cerebro! Pese a las exclamaciones, esto no era una elegía. No era una ocasión propicia para engañarme a mí mismo. Quizás hay momentos en los que sí puede ser enriquecedor mentirse. Más no era esta la ocasión.

Con la luz de la madrugada de Niterói abrí mi mochila, suspendida a mis pies. Buscaba un desodorante que traiga nuevos aires al ambiente denso de la carpa. Manoteé una bolsa.

 

A.

La bolsa de plástico estaba crujiente y gordita. Mi mochila era mustia: no había nada interesante en ella. Unos papeles mal fotocopiados con cuentos ni por la mitad; tres llaves sueltas que me traían el dejo de la conurbana casa de mis padres; una pinturita naranja; 5 reales. Y ese paquete. Que no venía a cuento de nada. Que lo que tenía que ver con mis experiencias previas era desconocido.

¿Cómo llegó allí? ¿En qué momento me olvidé de su existencia? En la penumbra lo toqueteé: crujiente. Y gordito. Crujiente y gordito. Podía juntar los extremos con las llemas. Adentro había plumas, o yerba, u hojas. O yerba. U hojas. U hojas. Hojas. Lo saqué desesperado creyendo que era lo que era. No podía más de la ansiedad y del milagro. Salí de la carpa para ver qué tenía adentro: no pude ni disfrutar de la sensación de obtener algo impensado y si esfuerzo, porque en el mismo momento en que mis ojos hicieron contacto con la enorme cantidad de marihuana que se encontraba en la bolsa, que iba a permitirme relajar y planear por el azul celeste brasileño, un golpe de hacha me rebanó la mano izquierda, la que sostenía el paquete.
No puedo contar que se siente morir desangrado, porque morí desangrado.

Pero hola, acá entro yo, Vanina. Cuando hacharon la extremidad del pelotudo este, yo estaba gozando por dentro. Riendo como una loba. Si, las lobas se ríen. No me importa que no rían, se ríen. Esos gritos de dolor no los escuché nunca en mi loba vida. Son como espasmos, como pequeños hilos de voz que se unifican en un momento tortuoso. Ni ahí sentí lástima, o culpa, o ganas de volver la situación a unos segundos atrás. Eso me demostró que nunca me iba a arrepentir. Que accioné bien. Y que mi Maese Electra es un pródigo en el uso del hacha.

 

B.

La bolsa de plástico estaba crujiente y gordita. Mi mochila era mustia: no había nada interesante en ella. Unos papeles mal fotocopiados con cuentos ni por la mitad; tres llaves sueltas que me traían el dejo de la conurbana casa de mis padres; una pinturita naranja; 5 reales. Y ese paquete. Que no venía a cuento de nada. Que lo que tenía que ver con mis experiencias previas era desconocido.
¿Cómo llegó allí? ¿En qué momento me olvidé de su existencia? En la penumbra lo toqueteé: crujiente. Y gordito. Crujiente y gordito. Podía juntar los extremos con las llemas. Adentro había plumas, o yerba, u hojas. O yerba. U hojas. U hojas. Hojas. Lo saqué desesperado creyendo que era lo que era. No podía más de la ansiedad y del milagro. Salí de la carpa para ver qué tenía adentro: efectivamente era marihuana para varios meses. En lugar de alegrarme, proferí los más variados adjetivos calificativos que se me ocurrieron para denostar el estado de mi memoria. Quizás por una broma de las cosas, el precario estado de mi memoria se debía a mi consumo de marihuana a través de los años. Es decir, haber encontrado un paquete de marihuana cuando no lo esperaba trajo a mi memoria memorias de otras fumadas que fueron horadando mi memoria. Me moría de ganas de liar un cigarro ¿Y si busco a Electra? Recordé sus palabras:

-Sentados en el pasto llenaremos las doce canastas. Quiero decir que si te deshacés de esa tuca, quizás te vuelva multiplicada. Te vuelva un pan. Una piedra gigante que compartirás con todos tus compañeros. Revoleála. Comprendé la palabra.

¿Y si realmente Francisco era un sabio, un ser de luz que la Providencia había colocado en mi camino para descubrir la Luz de la Misericordia? Se apareció delante de mi sin que me percate previamente de su presencia. Su túnica blanca tenía un águila roja bordada en forma muy delicada:

-Yo mismo la bordé –dijo, como leyendo mis propios pensamientos. Me puse tenso. Empecé a pensar que realmente estaba viviendo una experiencia divina, que ya no se trataba de divagues míos, sino que se trataba de algo concreto. Algo no para ser contado, sino aprehendido. Un mojón en el camino del autoconocimiento, el sinuoso que llamamos vida.
-Es el dios de la Providencia –dijo, refiriéndose al águila bordada. Puedo hacerlo aparecer en este mismo cielo ¿Querés?

Temblé. No pude articular oración alguna ante la posibilidad que acababa de ofrecerme.
Fue entonces que dio dos golpes sobre la túnica, y el suelo sobre el que estábamos parados comenzó a temblar. Sentía el corazón en las orejas y una sensación de estar entregado al cosmos. En el instante en que el suelo dejó de temblar cual sismo, ocurrió algo maravilloso. Eso que estos hombres no me creen. Electra indicó con su índice al cielo: solo había una estrella. Un astro distante y azulino, único en la inmensidad del cielo. Juro que no se trata de la invención de un mentecato: la estrella comenzó a moverse frenéticamente de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba y de arriba hacia los costados para luego comenzar la misma trayectoria. Así durante quince reveladores minutos. Mi ánimo se apaciguó frente al espectáculo. A tal punto que olvidé la presencia de Francisco. La danza del astro me producía hilaridad: una gracia del alma. Empecé a creer en mi, en los demás, en la posibilidad de un mundo mejor.
Cuando la estrella culminó sus movimientos, Electra transformó su expresión de apaciguada a fantasmagórica. Fue algo así como si se le borraran los globos oculares, las fauces y las narices. Levitó unos centímetros por encima del suelo y un águila roja, gigante, de un metraje que no puedo precisar pero si puedo decir que estaba por en cima de los quince metros, lo montó en su vuelo para llevarlo bien lejos.

 

-Punto y coma, Ramírez. La figura del punto y coma se utiliza para representar una pausa más larga que la coma pero más corta que el punto ¿entendés? Punto y coma.

-Entonces queda: Genino, Ramón Francisco; antiguo obrero metalúrgico de CIMCA SRL.

-Ahí. Meté los datos hasta el final del expediente.

Fue hallado sin vida emparedado en el jardín de su domicilio sita…

 

 

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